(Entrevista de Vicent Llorens -Anfibi- a Enrique Cifres):
«No perdamos la oportunidad de dar una respuesta extraordinaria a un desastre extraordinario»
Enrique Cifres lleva más de cuatro décadas analizando la
relación entre agua, territorio y riesgo. Este ingeniero dirigió el Estudio
para el desarrollo sostenible de L’Albufera de Valencia (2004), informe
monumental elaborado para la Confederación Hidrográfica del Júcar, y ha
participado en los principales debates técnicos sobre saneamiento, urbanismo y
gestión de inundaciones. Abandonó la Administración poco después de contribuir
a la proyección de una serie de actuaciones en infraestructuras que son clave
para la recuperación del humedal —mandato de la Directiva Marco del Agua de la
Unión Europea— pero que van con retraso debido a problemas administrativos y de
financiación. Tras las riadas de 2024, su diagnóstico va más allá del humedal:
el problema no es solo hidráulico ni ambiental, sino un modelo de ocupación del
territorio que ha generado una falsa sensación de seguridad. La entrevista
tiene lugar después de haberlo escuchado en diversos foros tras las riadas, en
los que su decidida apuesta por trascender el debate superfluo y pasar a la
acción valiente ha incomodado a algunos gestores públicos.
Después de la riada, insistes en que no existe el riesgo cero. ¿Por qué es
importante asumirlo?
Porque durante décadas hemos actuado como si las
inundaciones fueran un problema que podía eliminarse con obras. Eso no es
cierto. Las infraestructuras pueden reducir la incidencia de determinados
episodios, pero el riesgo cero no existe. Cuando se diseña el territorio sin
considerar esto, lo que se genera es una falsa seguridad: se construye más, se
ocupa más suelo vulnerable y, cuando llega un episodio extremo, los daños son
mucho mayores. Existe un concepto, hazard creeping, que describe lo que ocurre
cuando, al sentirse protegido, el territorio se ocupa más y aumenta su
exposición. Si crece la vulnerabilidad más de lo que se reduce la probabilidad,
el balance final puede ser negativo. Es lo que pasó, por ejemplo, en Nueva
Orleans tras el Katrina. Lo positivo es que por primera vez percibo que la
sociedad empieza a asumir que el riesgo cero no existe, y ese cambio cultural
es imprescindible.
«Lo positivo es que la sociedad empieza a asumir que el
riesgo cero no existe, y ese cambio cultural es imprescindible»
En tus intervenciones hablas de que la respuesta a una inundación debe
sostenerse sobre «cuatro patas».
Una riada no se gestiona solo con obras después del
desastre. Hay cuatro pilares que deben funcionar de forma coordinada. El
primero son las infraestructuras, necesarias pero nunca suficientes. El segundo
es la gestión de la emergencia: alertar, evacuar y actuar con rapidez. Planes
existen, pero si no se trabajan ni se ensayan, cuando llega el momento la
respuesta es confusa. El tercero es el urbanismo y la ordenación del
territorio, que determinan cuántas personas y bienes se exponen al riesgo. Y el
cuarto, que suele olvidarse, es la corresponsabilidad social. No se trata solo
de voluntariado espontáneo, sino de asumir colectivamente que el riesgo existe
y que cada uno tiene un papel.
Después de esta riada se han anunciado planes y
reconstrucciones, pero no se han planteado cambios de fondo en el urbanismo. Si
esa pata no se aborda, el sistema seguirá cojeando. Hemos puesto mucho énfasis
en la obra hidráulica y muy poco en la planificación territorial y en la
implicación social. Y eso se traduce en daños mayores cuando llega un episodio
extremo.
Distingues entre mitigación y adaptación al cambio climático. ¿Dónde
estamos fallando?
La mitigación es imprescindible, una obligación moral con
las futuras generaciones. Aunque llegamos tarde para muchos efectos que ya
están aquí, hemos de hacer lo posible para legarles un planeta mínimamente
habitable. Si no lo hiciéramos, no nos lo perdonarían. Pero, en materia de
inundaciones, lo urgente es la adaptación. Eso implica aceptar que habrá
episodios extremos y diseñar el territorio para convivir con ellos: dejar
espacio al agua, reducir la exposición y minimizar los daños. En eso consiste precisamente
el urbanismo resiliente. No se trata de que el agua no entre, sino de que el
territorio pueda recuperarse rápido y con el menor daño posible. El urbanismo
contemporáneo, con sótanos, garajes subterráneos y una ocupación intensiva del
suelo, va exactamente en la dirección opuesta.
«Después de esta riada se han anunciado planes y
reconstrucciones, pero no se han planteado cambios de fondo en el urbanismo»
¿Hemos confiado demasiado en las soluciones hidráulicas clásicas?
Las infraestructuras hidráulicas no son buenas ni malas en
sí mismas. Han cumplido funciones distintas según la etapa histórica, pero hoy
ya no pueden ser la única respuesta. Por otra parte, existe un fenómeno bien
conocido: infraestructuras que reducen inundaciones pequeñas o medias, pero que
agravan los daños cuando se ven superadas. Al interrumpir llanuras de
inundación o acelerar escorrentías, el agua acaba concentrándose y liberándose
de forma más violenta. En todo caso, es un grave error pensar que más hormigón
equivale automáticamente a más seguridad.
«Es un grave error pensar que más hormigón equivale
automáticamente a más seguridad»
Hay que dejar correr el agua.
Cuando un barranco se desborda, el agua no vuelve al cauce.
Sigue la pendiente natural del terreno. Intentar encajonarla o forzarla a
volver es desconocer cómo funciona la gravedad. Si permites que el agua se
extienda de forma controlada, va depositando sedimentos y perdiendo energía. Si
la encauzas de forma rígida, puede concentrar la fuerza y trasladar el problema
aguas abajo. Diseñar infraestructuras compatibles con esa lógica natural es más
eficaz que intentar imponerle al agua un comportamiento que no tiene.
Por otro lado, hablas de «un territorio que amenaza a L’Albufera» más
amplio de lo que se pensaba.
La riada ha demostrado que zonas industriales y urbanas
situadas lejos del lago pueden acabar afectándolo. Polígonos de Cheste, áreas
de Aldaia, cuencas como las del Poçalet o La Saleta… Todo eso quedaba fuera del
perímetro habitual de control ambiental, pero se ha visto que, con una avenida
fuerte, todo puede acabar en L’Albufera. Eso obliga a replantear el
planeamiento territorial y los límites de protección.
Por eso propones ampliar el PORN de L’Albufera, el Plan de Ordenación de
los Recursos Naturales, para incluir cuencas que hoy quedan fuera.
Exactamente. La contaminación no respeta perímetros
administrativos. Si esas cuencas no están incluidas en el PORN, no se
gestionan, aunque estén hidrológicamente conectadas con barrancos que acaban
vertiendo al sistema. La riada ha sido la prueba empírica de algo que ya
sabíamos sobre el papel.
Sobre infraestructuras concretas, el pasado 20 de enero, en una jornada de
participación pública organizada por el Ministerio sobre el Plan de Actuaciones
para L’Albufera, fuiste muy claro con respecto a la pista de Silla.
La V-31, la pista de Silla, actúa hoy como una barrera
artificial. El agua baja concentrada por los barrancos y se encuentra con pasos
muy estrechos, inunda las zonas previas y, cuando finalmente desagua, lo hace
con una violencia enorme. Eso multiplica los daños. Lo que propongo es
transformar el tramo entre Sedaví y Silla en un viaducto elevado, de manera que
el agua pueda circular libremente hacia el arrozal en episodios extremos. No es
una idea teórica: he dirigido estudios similares en ciudades como Ho Chi Minh,
donde se ejecutó un viaducto de casi treinta kilómetros con este mismo
objetivo. Allí se hizo con menos recursos públicos de los que tenemos aquí. El
problema no es técnico ni económico; es de voluntad.
«La pista de Silla, entre Sedaví y Silla, debería
transformarse en un viaducto elevado, de manera que el agua pueda circular
libremente hacia el arrozal en episodios extremos»
Insistes en que el problema no es el dinero, en que prevenir los daños
siempre es más barato que repararlos.
La experiencia demuestra que la prevención cuesta una
fracción muy pequeña de lo que cuesta la reparación. En gestión del riesgo se
maneja un orden de magnitud bastante claro: invertir en prevención suele
situarse por debajo del diez por ciento del coste de los daños que se producen
cuando no se actúa.
En el caso de las riadas de 2024, hablamos de daños
estimados en decenas de miles de millones de euros. Las actuaciones
estructurales y territoriales que podrían haber reducido de forma muy
significativa esos daños cuestan mucho menos. Por eso digo que el problema no
es económico. Es una cuestión de anticipación y de voluntad política: decidir
gastar antes para no tener que gastar muchísimo más después.
Acerca del saneamiento, incides en que no se puede hablar de L’Albufera sin
hablar del sistema metropolitano.
Porque todo acaba confluyendo en el mismo sistema. Las aguas
residuales de València y de L’Horta Sud van a la depuradora de Pinedo, que es
la pieza central del saneamiento metropolitano. Pero no se trata solo de
depuradoras. La huerta y el parque natural interactúan y reciben la influencia
de una red histórica de acequias, de drenajes y bombeos, de zonas industriales,
del puerto de Valencia… Pensar que se pueden resolver problemas aislados, sin
tener una visión más general y completa del sistema, es una de las fuentes
habituales de error. La gestión tiene que ser sistémica; de lo contrario,
trasladamos problemas en lugar de resolverlos.
¿Está en cuestión el papel de Pinedo?
No. Pinedo cumple su función. El problema aparece cuando se
plantea utilizar agua depurada para alimentar directamente el lago. Eso está
descartado técnica y legalmente. Hay declaraciones de impacto ambiental
vigentes y, además, no existe tecnología capaz de depurar el agua hasta los
estándares ecológicos que necesita L’Albufera, especialmente en nutrientes.
En su momento también se planteó una depuradora en Alcàsser.
Sí, y fue un error de enfoque. La depuradora de Alcàsser fue
finalmente desestimada porque no era necesaria y no resolvía el problema del
lago. Multiplicar depuradoras no mejora la situación si el agua resultante no
es adecuada.
Dirigiste el estudio de 2004. ¿Qué ha ocurrido después?
Ese estudio fijó objetivos claros y dio lugar a actuaciones
concretas. Cuando en 2004 se puso en marcha el Programa AGUA y el PAMED, muchas
pudieron ejecutarse porque ya estaban programadas. El problema es que el
conjunto de actuaciones que contemplaba el estudio no se ha concluido. E
incluso hay infraestructuras construidas que no se utilizan correctamente, como
los tanques de tormenta. A veces no faltan obras, sino tomar decisiones.
Has hablado también de un error histórico en la gestión de los tancats.
Los tancats son arrozales ganados a la
laguna, situados por debajo del nivel del lago. Mantenerlos implica bombeos
continuos, que hacen difícil que la actividad agrícola se desarrolle bajo
criterios de rentabilidad y sostenibilidad económica, y una gestión artificial
que afecta a todo el sistema, no solo al arrozal. Creo que ha llegado el
momento de plantear la renaturalización de la orla de tancats,
donde la agricultura puede incluso resultar inviable. Eso ampliaría la
capacidad de amortiguar riadas y permitiría una gestión mucho más coherente con
el funcionamiento ecológico del humedal. Hoy, en muchos casos, el valor
ambiental potencial de esos espacios es mayor que el del propio cultivo tal
como está planteado.
«En la orla de tancats arroceros, el valor
ambiental potencial de esos espacios es mayor que el del propio cultivo tal
como está planteado»
¿Estamos preparados para saber qué ha entrado en el sistema tras una riada
así?
No del todo. Los análisis buscan lo que está en las listas,
pero no sabemos detectar lo que no buscamos. Si han entrado contaminantes
industriales específicos, puede que ni siquiera tengamos métodos estándar para
identificarlos. Eso abre incógnitas a medio y largo plazo.
«L’Albufera no necesita más estudios; necesita ejecutar
decisiones largamente acordadas, cerrar los ciclos de actuación»
Tras las riadas y el notable aporte de sedimentos, ¿tiene sentido volver a
hablar de dragar el lago?
No como solución general. El dragado se ha
estudiado muchas veces y siempre se ha llegado a la misma conclusión: es más
perjudicial que beneficioso. Remover fangos ricos en materia orgánica y metales
pesados consume oxígeno y empeora las condiciones ecológicas. Otra cosa
distinta es actuar en barrancos o puntos concretos para reducir el depósito de
sedimentos y recuperar la capacidad hidráulica. Mezclar ambos debates es un
error.
En una entrevista a propósito de los 30 años de la declaración del Parc
Natural de l’Albufera, publicada en 2016, defendías prácticamente las mismas
prioridades que ahora. Una década después, ¿qué sensación te causa comprobar
que apenas nada ha cambiado?
No me sorprende. Los problemas estructurales de L’Albufera
no se resuelven en pocos años. Lo preocupante no es que el diagnóstico siga
siendo válido, sino que muchas actuaciones sigan pendientes o incompletas. Los
tanques de tormenta son un ejemplo claro: existen, pero faltan normas de
explotación, decisiones administrativas y voluntad de ponerlos en marcha. En
este tiempo no ha habido un cambio de modelo, sino una sucesión de proyectos y
anuncios que no se han traducido en una ejecución real. El conocimiento está
ahí; lo difícil está siendo sostener las decisiones en el tiempo. L’Albufera no
necesita más estudios; necesita ejecutar decisiones largamente acordadas,
cerrar los ciclos de actuación.
«L’Albufera no se puede gestionar como si el territorio que
la rodea no existiera»
Una reflexión final.
Lo que hemos sufrido ha sido un evento extraordinario, y la
respuesta ha de ser extraordinaria. Estamos ante una oportunidad histórica para
emprender cambios de fondo, acciones valientes y ambiciosas que dejen huella y
que hagan que este episodio catastrófico se recuerde además como una
oportunidad que supimos aprovechar pensando en las próximas generaciones.




